Tras el naufragio táctico y emocional que había significado la pérdida del invicto en Carlos Casares, San Martín necesitaba algo más que un simple triunfo ante Atlético de Rafaela en La Ciudadela: necesitaba una identidad que le permitiera volver a creer en sí mismo. Y la encontró, paradójicamente, cambiando otra vez de piel dos veces en 90 minutos.
La metamorfosis inicial
Andrés Yllana decidió que el castigo por la pasividad ante Agropecuario debía ser una nueva transformación estructural. Esta vez, el entrenador optó por un 4-4-2 clásico. La intención fue clara desde el minuto uno: recuperar la mitad de la cancha. Con Sand en el arco; Parnisari (improvisado pero firme como lateral derecho), “Fosa” Ferreyra, Guillermo Rodríguez y Diarte en el fondo; el medio se pobló con Jorge Juárez, Briñone, Kevin López y “Pupi” Ferreyra, el equipo dejó a Cisnero y Pons en la vanguardia.
La lesión temprana de López a los 8 minutos obligó al ingreso de Nicolás Castro. El ex Atlético le dio al equipo una dosis de claridad para que la posesión no fuera simplemente un traslado estéril. Con Juárez partiendo como un “8” moderno, San Martín por fin tuvo gente disponible para disputar el control de la zona de gestación. El primer gol fue el premio a esa ocupación: Juárez llegó al fondo, aprovechó un error del arquero y asistió a un Pons, que solo tuvo que empujar el balón de cabeza.
Sin embargo, cuando la noche parecía encaminada y el rival había sentido el golpe, llegó un descuido defensivo en el que Briñone perdió la marca en un centro. Atlético de Rafaela encontró el empate y amenazó con revivir viejos fantasmas. el "Santo" se volvió, por momentos, un equipo desordenado para atacar, pero con una diferencia vital respecto al pasado: esta vez daba la sensación de tener más jugadores en cancha. La presencia de más nombres en el círculo central permitió que, ante la presión alta del rival, siempre hubiera un receptor disponible.
Más cambios, esta vez para mejor
En el complemento, Yllana volvió a mover las piezas y regresó al 3-4-3. Pero esta fue una versión mejorada del sistema. Juárez se transformó en un carrilero total por la derecha, haciendo toda la banda y llegando incluso a formar una línea de cinco defensiva las pocas veces que la “Crema” salía del asedio. Diarte hizo lo propio por la izquierda.
Lo que definió el trámite en esta etapa fue la conectividad. A diferencia de la apatía en Casares, San Martín mostró variantes: hubo gambeta, intentos de asociación por el centro con un Cisnero picante, un “Pupi” Ferreyra activo y mediocampistas que casi siempre eligieron el pase con sentido. Cuando el árbitro comenzó a ser protagonista con varios fallos cuestionables y Rafaela apeló al manual de las interrupciones, el "Santo" no se desquició. Al contrario, usó esa bronca como combustible. El terreno se volvió emocional, pero el equipo nunca perdió la brújula táctica.
Lucidez y rebeldía
El clímax llegó con el “Plan Fosa”. Con el rival colgado del travesaño, el DT decidió que la lógica debía dejarle paso a la épica pero con fundamento: mandó a Nicolás Ferreyra a jugar de “9” para explotar su altura. El gol sobre la hora, tras un centro preciso de Briñone y un cabezazo implacable del central devenido en delantero, fue la consecuencia lógica de un equipo que nunca dejó de intentar.
Para San Martín, esta vez la versatilidad no fue falta de convicción ni desorientación, sino que fue una herramienta de supervivencia. Ganó porque Juárez fue el mejor de la cancha entendiendo cada rol que le asignaron, porque Castro trajo la luz en los momentos justos y porque, fundamentalmente, el equipo entendió que para recuperar el protagonismo sí son importantes los esquemas, pero lo que es innegociable es el corazón.